Escrito por Juanma Fernández (http://www.juanmafernandez.tk/)
Viernes, 07 de Mayo de 2010 23:10
Los que escribimos sobre música no somos publicistas; al menos, eso quiero pensar. Evidentemente, nuestra tarea es totalmente subjetiva, aunque el hecho de escuchar minutos y más minutos de canciones todos los días nos puede dar una cierta “autoridad” que permita establecer cierta confianza entre el lector y el “opinador”.
Siempre he valorado el esfuerzo de todos los grupos o solistas que fabrican música, aunque a veces ésta no sea la que más me guste, o siendo un estilo que me atraiga, me parezca que no alcanza el nivel que esperaba.
Sin embargo, detecto en los últimos tiempos la proliferación de un estilo que aún no acierto a calificar y clasificar, una ola de grupos que de lo ñoño e intrascendente repetitivo que nos pueda dar el ente complejo del amor hacen su carta de presentación. Preocupados por la estética, el gesto, la ropa, las zapatillas y la sonrisa de anuncio de dentífrico, me cuesta pensar que tengan la cabeza puesta al cien por cien en las canciones, que es lo único que debe importar.
Hablo hoy de Guatafán, pero podría hablar de muchos otros. Para mi, este grupo es un clarísimo ejemplo de lo que hablaba en líneas anteriores. Llegaron a mis oídos hace unos meses y me resultaron aborrecibles, peligrosos para gente con problemas de diabetes sonora. Pero por si esto no fuera suficiente, hace unas semanas descubro que han grabado un videoclip de un tema llamado “Cucurucho”. Entro en Internet, y sin pensarlo dos veces hago clic en el reproductor web. Comenzaron en ese momento una serie de imágenes, de secuencias, que me asustaban; era como si los guionistas de las escenas más cursis de la mítica serie “Bonanza” se hubieran sentado a escribir el climax de lo ñoño, de lo petardero e inaguantable. Suso y María nos dedican unos minutos de insoportable dolor audiovisual, de copia descafeinada de La Casa Azul, transmitiéndome una idea casi pederasta de lo que es el amor.
Cuando terminé de ver el clip, no pude sino arrastrarme hasta la cocina e intentar tomar algo amargo, que me rebajara la glucosa intracraneal. Y mientras, pensé en aquel bombazo del “Amo a Laura”, y caí en la cuenta de que todos nos reíamos de aquellos años, cuando todo era una broma de verdad, y todavía había rock & roll.